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Más de 100 mil hectáreas quemadas, 23 personas fallecidas, más de mil viviendas destruidas y más de 50 mil personas desplazadas son solo algunos de los saldos que dejaron los incendios de enero de 2026 en Chile y Argentina.
Fueron dos episodios: un evento de dos días en la zona centro-sur de Chile y otro de cinco días en la Patagonia argentina. Y según un estudio reciente de World Weather Attribution, el cambio climático tuvo un rol relevante.
Los investigadores utilizaron el llamado “Índice de Calor-Sequedad-Viento” (HDWI, por sus siglas en inglés), que fue diseñado para determinar qué tan propicias son las condiciones atmosféricas para que un incendio se inicie y se propague.
Lo que hicieron fue comparar el HDWI observado en 2026 con modelos climáticos del pasado, y así determinar que, por ejemplo, en Chile central las condiciones de viento, calor y sequedad observadas son ahora aproximadamente 3 veces más probables de lo que hubieran sido en un mundo sin cambio climático. Y en la Patagonia argentina, estas condiciones extremas son cerca de 2,5 veces más probables debido al calentamiento global.
A esto se suma una tendencia clara de secamiento a largo plazo en la temporada previa a los incendios (noviembre-enero) en ambos países, con una disminución de lluvias que se proyecta continúe en los próximos años.
El reporte también enfatiza que todas estas condiciones operan con la gestión territorial que ocurre en los lugares. Específicamente, la presencia de plantaciones forestales exóticas (pinos y eucaliptos) representa una carga de combustible continua, densa y altamente inflamable, a diferencia del bosque nativo que es heterogéneo y húmedo. El pino en particular es una especie invasora, que después de un incendio puede colonizar mucho más rápido que las especies nativas y así entrar en un ciclo de retroalimentación que aumenta los riesgos de incendios futuros.
Como nos comentó Rafael García, académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción (Chile), en un reportaje de julio de 2025 donde abordamos la recuperación post incendio en la misma zona afectada este verano, “para que ocurra un incendio forestal está el famoso ‘triángulo del fuego’. Necesitamos primero un clima idóneo, que lo tenemos por ejemplo en toda la zona central [de Chile] dado que tenemos veranos secos y calurosos. Tenemos que tener vegetación en condiciones de quemarse por lo mismo. Suena obvio, pero si uno piensa en el desierto tenemos el clima, pero no está la vegetación. Y lo tercero es que necesitamos una fuente de ignición y esa fuente de ignición en el 99% de los casos va a estar asociado a la actividad humana”.
Por último, el estudio aborda también que la expansión no planificada de asentamientos urbanos hacia zonas vegetadas puede ser un riesgo, como se vio especialmente en la zona de Penco-Lirquén en Chile.
En Argentina, los investigadores apuntaron a cómo los incendios son también una amenaza a ecosistemas únicos, como los bosques con alerces milenarios que se vieron afectados en el Parque Nacional Los Alerces.
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