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La pérdida de biodiversidad ocupa el segundo lugar entre los riesgos globales más graves para la próxima década. El Informe sobre Riesgos Globales 2026 del World Economic Forum sitúa la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas como el segundo riesgo a largo plazo más grave, solo por detrás de los fenómenos meteorológicos extremos.
Y, si bien este es un tema muy complejo, la evidencia es contundente: el modelo económico insostenible y el enfoque en el crecimiento medido por el Producto Interno Bruto (PIB) han sido factores determinantes del declive de la biodiversidad a nivel global.
Eso es parte de lo que cuenta el informe Business and Biodiversity Assessment de IPBES —la principal plataforma científica intergubernamental sobre biodiversidad—que ofrece la evaluación científica más completa hasta ahora sobre la relación entre empresas, economía y biodiversidad. Su conclusión es contundente, aunque (demasiado) obvia para muchos: la degradación de la naturaleza constituye un riesgo material y sistémico para los negocios y la estabilidad económica global.
Según el informe, elaborado por 79 expertas y expertos de 35 países, los sectores que representan más de la mitad del PIB mundial dependen de manera moderada o alta de la naturaleza. Todas las empresas, sin excepción, dependen directa o indirectamente de las contribuciones de la naturaleza, también denominadas como “servicios ecosistémicos”, ya sea a través del suministro de materias primas, la regulación del clima y del agua, la fertilidad del suelo o la estabilidad de los ecosistemas que sostienen mercados y cadenas de valor.
La dependencia es más evidente en sectores como la agricultura, la pesca, la industria farmacéutica y el turismo, aunque otros ámbitos se ven influidos en distintos niveles. Por ejemplo, la pérdida de polinizadores y la degradación de los suelos amenazan la producción agrícola global; y el colapso de ecosistemas marinos compromete la seguridad alimentaria y millones de empleos vinculados a la pesca y el turismo costero. Incluso sectores financieros y tecnológicos están expuestos a riesgos indirectos derivados de estas pérdidas.
El informe sostiene que, aunque falta un conocimiento más exhaustivo, la agricultura, la silvicultura y la pesca; la electricidad y la energía; la minería y la explotación de canteras; la construcción; y el transporte y el almacenamiento son sectores con impactos directos significativos.
Así, el crecimiento económico sigue contribuyendo a los factores directos que provocan la pérdida de biodiversidad (uso de la tierra y el mar, explotación directa e insostenible de organismos, cambio climático, contaminación e invasión de especies exóticas), lo que ejerce una presión cada vez mayor sobre la naturaleza y sus contribuciones a las personas.
Esto sin olvidar, además, que el desarrollo industrial amenaza el 60% de las tierras indígenas de todo el mundo. De hecho, según el reporte, una cuarta parte de todos los territorios indígenas están sometidos a una gran presión por la explotación de bienes comunes, mientras los pueblos indígenas y las comunidades locales a menudo se ven insuficientemente representados en la investigación empresarial y en la toma de decisiones.
Otro aspecto clave que destaca el informe es que las empresas no pueden, por sí solas, lograr el cambio a gran escala necesario para detener y revertir la pérdida de biodiversidad. La colaboración y las acciones colectivas e individuales son esenciales para crear un entorno propicio en el que las empresas contribuyan a un futuro justo y sostenible.
En ese sentido, se identifican cinco componentes esenciales para crear un entorno habilitante: marcos políticos, jurídicos y normativos; sistemas económicos y financieros; valores sociales, normas y cultura; tecnología y datos; y capacidades y conocimiento.
Además, se identifican más de 100 ejemplos de acciones concretas que pueden adoptar las empresas, gobiernos, agentes financieros y la sociedad civil en cada uno de estos cinco componentes. Entre ellas se encuentran integrar la biodiversidad en la gobernanza empresarial y la toma de decisiones, medir y divulgar impactos y dependencias a lo largo de las cadenas de suministro, eliminar subsidios e incentivos perjudiciales, rediseñar modelos de negocio intensivos en recursos y alinear las inversiones con metas de conservación y restauración.
También se recomienda implementar controles sobre la publicidad para prevenir el greenwashing y combatir la desinformación; e incorporar los conocimientos de los pueblos indígenas y las comunidades locales en los marcos de desarrollo de capacidades con su consentimiento libre, previo e informado.
Incluso, el documento menciona posibles cambios en las condiciones actuales a través de modelos y medidas alternativos de bienestar económico, como la bioeconomía, la economía circular, el decrecimiento, entre otros, que podrían llevar a las empresas a emprender acciones transformadoras para abordar las causas subyacentes de la pérdida de biodiversidad.
El mensaje es claro: sin biodiversidad, no hay economía que aguante. Ignorar esta interdependencia no solo profundiza la crisis ecológica, sino que compromete la resiliencia económica futura.
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